Lo más importante en la vida es el porqué y el para qué hacemos lo que hacemos en cada momento. Al buscar claridad en ello, pueden entrar en conflicto nuestros intereses personales y el bien común; lo pasajero y terreno frente a lo eterno y divino.
¿Actuamos para cumplir nuestro mayor propósito: dar gloria y servicio a Dios y vivir en comunión de amor con Él? ¿o lo hacemos buscando nuestra propia gloria y satisfaciendo solo los bienes terrenales? ¿Son necesariamente contradictorios los bienes terrenos y celestiales, o pueden complementarse cuando se ordenan hacia Dios?
Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Él nos mostró la forma perfecta de integrar todo sin perder el fin principal: la gloria de Dios y la salvación de nuestras almas. Elevó lo humano a lo divino. Haciéndose el más humilde y manso de los hombres, Dios lo constituyó el Primero en todo.
El mayor pecado del Maligno es la soberbia; en cambio, la mayor virtud de Cristo —además del Amor, que es su esencia— es la humildad. Mientras el enemigo dijo: “No serviré”, Jesús hizo el bien y entregó hasta la última gota de su sangre para servir a Dios y a los hombres, y para llevarnos a compartir con Él la gloria eterna.
Jesucristo se anonadó a sí mismo: no hizo alarde de su condición divina, nació en un pesebre humilde, vivió una vida sencilla en el calor familiar, curó a los enfermos, animó a los abatidos, perdonó con misericordia, enseñó con paciencia y, finalmente, se entregó en la cruz para redimirnos. Después de resucitar, permaneció entre nosotros en los sacramentos de la Iglesia, haciéndose alimento en la Sagrada Eucaristía y enviándonos a su Espíritu Santo para iluminarnos y darnos la gracia.
Con Él podemos vivir nuestras realidades cotidianas —familia, trabajo, vida social— elevándolas al plano divino, si las asumimos con alegría y espíritu de servicio. Necesitamos trabajar nuestro corazón para que Cristo habite cada vez más en nosotros, de modo que podamos transformarnos y ser sus manos al servicio de los demás en medio del mundo que nos rodea.
El otro camino que nos ofrece el mundo: ser grandes a los ojos de los hombres por alcanzar metas sin mirar a Dios, se desvanece al morir y se convierte en polvo.
Las lecturas de hoy*nos recuerdan que El Señor revela su sabiduría a los mansos y humildes”. El Señor nos dice que el que se ensalza será humillado y el que se humilla será enaltecido.
Pidamos al Señor un corazón manso y humilde, libre de vanidad y autosuficiencia, abierto a su acción en nuestra vida. Y hagamos nuestra la enseñanza de san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en Ti”.
*Ecl 3, 17-20.28-29; Sal 67; Hb 12, 18-19.22-24ª; Lc 14, 1.7-14