Siempre que tengamos que tomar una decisión pidamos guía al Espíritu Santo; oremos y unámonos a Jesús, Cordero de Dios, Luz de las naciones, para que elijamos correctamente. Cuando vayamos a escoger a nuestros gobernantes también buscamos su luz para buscar la mejor alternativa, que quienes nos gobiernen se dejen orientar por Él y actúen buscando el bien, la justicia, la paz y la prosperidad para todos.
En el mundo necesitamos dejarnos iluminar por Jesús, quien es “Luz de las naciones”, para que, viviendo con Él en el corazón, nos inspire a trabajar con ahínco y por amor, a conquistar cosas buenas para quienes lo necesitan, a luchar por la justicia, la paz, la solidaridad, la integridad y la honestidad, inspirados en sus leyes eternas.
Juan el Bautista presenta a Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. En la antigüedad se ofrecían sacrificios de animales para reparar los pecados. Jesús vino a repararnos el corazón, a liberarnos de los males que nos hacían perder la libertad de amar y de vivir plenamente; por eso permitió ser el Cordero puro, sin mancha, que, en manos de seres humanos despiadados e injustos, fue sometido a la muerte en la cruz para ofrecerse por los pecados de todos.
Este amor de Jesús, ya manifestado, ha inspirado a muchos a enfrentar la injusticia, los negocios ilícitos y las costumbres que atentan contra los derechos humanos, aun a riesgo de su propia vida. Lo vemos también en quienes cuidan a los enfermos o los asisten, sabiendo que pueden contagiarse. Y se hace especialmente visible cuando una persona, por amor, se entrega al servicio de los demás, aunque ello le traiga dificultades y problemas, como lo han hecho tantos santos movidos por Jesús, sostenidos por la fortaleza, la fe y la esperanza que infunde el Espíritu Santo.
Repitamos el Salmo de hoy, desde el corazón y digámosle a Jesús: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” … “Dios mío, lo quiero; llevo tu ley en las entrañas”. Solo unidos al Cordero de Dios, a Jesucristo, nuestro Dios y Salvador, podremos unidos, dar los frutos abundantes que deseamos, para aprender a vivir mejor entre todos, cumpliendo las leyes de Dios y construyendo un mundo mejor, donde reine una mayor prosperidad para todos.
Ese Cordero inmolado, sigue vivo entre nosotros, transformando vidas, uniendo con lazos profundos a las familias, reuniendo grupos de oración en fraternidad y crecimiento permanente, y uniendo comunidades enteras que, con fervor y amor, luchan por dar lo mejor de sí mismas para provecho de todos. No perdamos la esperanza: Con Él lo podemos todo. Pero necesitamos recibir a ese Jesús que se entregó en la Eucaristía, en su Palabra, en los Sacramentos, y en el servicio sincero y amoroso a los demás, para que podamos edificar una vida mejor.
*Is 49, 3.5-6; Sal 40; Co 1, 1-3; Jn 1, 29-34