La luz es un símbolo universal de guía, esperanza y sabiduría. En nuestro caminar por la vida, es esencial reconocer y aprovechar las luces que otras personas nos brindan, ya que nos ayudan a avanzar con mayor seguridad y confianza. Al mismo tiempo, todo lo valioso que aprendemos puede ser compartido, convirtiéndose en una luz para los demás.
Jesús vino al mundo para iluminar nuestras vidas y guiarnos por caminos que nos hacen mejores personas y nos acercan a Dios. Él nos envía su Espíritu Santo para eliminar nuestras cegueras espirituales, permitiéndonos ser receptivos a su guía divina.
La Palabra de Dios nos recuerda que Jesús es la luz del mundo. Celebramos hoy la Presentación de Jesús en el Templo, que tuvo lugar cuarenta días después de su nacimiento. El anciano Simeón, al ver a María y a José con el niño, proclamó con alegría: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.
Al encontrarnos con el Señor en oración o en las situaciones cotidianas de la vida, experimentamos una paz y tranquilidad profundas. Vivir en comunión de amor con Él nos brinda la serenidad necesaria, incluso en medio de los desafíos de la vida, y nos prepara para enfrentar el paso a la eternidad con esperanza en sus promesas.
Él ilumina el alma para purificarla, sanarla y darle sentido y propósito. Incluso los actos más sencillos de la vida adquieren una nueva trascendencia a la luz de Jesús.
La Carta a los hebreos nos enseña que «Jesús participó de nuestra carne y sangre para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo de la muerte, pasaban la vida entera como esclavos». Además, nos asegura que «por haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados».
Es fundamental permitir que el Espíritu Santo ilumine nuestra alma. Él clarifica nuestra conciencia, ayudándonos a reconocer y limpiar el pecado, así como a sanar sus huellas en el alma. El Espíritu Santo nos guía hacia toda verdad y nos santifica, transformándonos para ser más como Jesús.
Hoy, agradecemos de manera especial a las personas consagradas al Señor y a quienes desde su vida cotidiana se han dejado cautivar por el amor de Dios y han entregado su vida a su servicio. Su dedicación y compromiso son un testimonio vivo de la fe y una inspiración para todos nosotros.
Renovemos nuestro compromiso de ser portadores de la luz de Cristo, compartiendo su amor y esperanza con todos aquellos que encontramos en nuestro caminar.
*Ml 3, 1-4; Sal 23; Hb 2, 14-18; Lc 2, 22-40