Todos buscamos ser felices. Cada persona elige su propio camino para conseguirlo. Hoy en día, existe un boom de programas que prometen mejorar los niveles de felicidad de las personas, incluidos programas académicos de prestigio que estudian y enseñan sobre el tema. Muchas empresas también buscan generar felicidad en sus clientes y colaboradores.
Existen algunos factores comunes en las diferentes propuestas, que ofrecen herramientas positivas para el crecimiento personal integral. También hay diferencias entre ellas, ya que algunas se basan en fundamentos cristianos, mientras que otras parten de filosofías diferentes que no abordan la espiritualidad ni la trascendencia del ser humano.
Colocar a Dios en el centro de nuestra vida nos ofrece la verdadera felicidad, no solo una felicidad terrena, sino una que perdura y nos edifica como mejores personas. Una felicidad que podemos experimentar tanto en momentos difíciles y desafiantes, como en tiempos de tranquilidad, prosperidad y alegría.
Aristóteles ya nos decía que el ser humano solo puede ser feliz haciendo el bien. Por eso, el camino que nos ofrece Dios es el que más felicidad genera, porque nos transforma desde adentro, potencia nuestra capacidad de hacer el bien y nos invita a vivir en comunión con Él, siguiendo sus mandamientos y viviendo en su amor.
Las lecturas de hoy *nos dicen que Dios no descansará hasta que la justicia y la salvación brillen como antorchas. Así como un marido se regocija con su esposa, Dios se regocija con nosotros. Él trae su justicia, su gloria, y nos hace personas nuevas.
En el Salmo se nos invita a bendecir su nombre, a proclamar sus maravillas y su victoria, a postrarnos ante Él, porque solo Él nos gobierna rectamente.
San Pablo nos recuerda que el Espíritu Santo produce unidad y busca el bien común; estas son fuentes de felicidad personal y colectiva. Algunos reciben el don de sabiduría, otros el de inteligencia, fe, curación, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, lenguas o interpretación. El llamado es a que cada uno obre según los dones y carismas recibidos, poniéndose al servicio de los demás por amor a Dios.
En el Evangelio, María presenta a Jesús la necesidad de los novios, que se han quedado sin vino. La instrucción que ella da a los servidores encierra toda la sabiduría de la verdadera felicidad: “Haced lo que Él os diga”. El agua se transformó en vino, y el vino fue el mejor y los discípulos creyeron en Él. Esto nos sucede a todos si le abrimos la puerta a Jesús para que actúe en nuestras vidas. Él transforma nuestras realidades con su infinito amor, otorgándoles un sentido de propósito y plenitud. Él es la fuente de la verdadera felicidad.
Is 62, 1-5; Sal 95; Cor 12, 4-11; Jn 2, 1-11