Las palabras son esenciales, pues crean y revelan lo que hay en el corazón. Si son adecuadas, sanan, restauran y contribuyen al bienestar de los demás. Si, por el contrario, no son saludables, pueden generar malos sentimientos y comportamientos inapropiados. La Palabra de Dios nos dice: «De lo que rebosa el corazón, habla la boca.»

En los talleres de Geniales, nos inspira una frase atribuida a diversos autores:

«Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en palabras; cuida tus palabras, porque se convertirán en acciones; cuida tus acciones, porque se convertirán en hábitos;
cuida tus hábitos, porque formarán tu carácter; cuida tu carácter, porque determinará tu destino.»

El Evangelio nos invita a examinarnos constantemente en lugar de juzgar a los demás. La mejor manera de cambiar aquello que no nos gusta de nosotros mismos es estableciendo propósitos escritos con palabras positivas cargadas de fe y esperanza. Es fundamental buscar primero los bienes superiores, aquellos que nos acercan a Dios; así, todo lo demás se ordenará hacia el bien y su gloria. Si, nos dejamos ayudar por la gracia y los trabajamos con perseverancia, los haremos realidad.

Cuando nuestros propósitos armonizan lo espiritual, mental, emocional y físico, y nos ayudan a amar más a los demás, Dios se convierte en nuestro principal aliado para hacerlos realidad. Por eso, es crucial discernir su voluntad en nuestras vidas, pues nadie más que Él desea para nosotros los mejores frutos de nuestra existencia.

Dios, a través de su Palabra y de su encarnación en Jesucristo, nos revela tanto su identidad como la nuestra. Al leer las Sagradas Escrituras en comunión con nuestra iglesia, comprendemos el contexto y las realidades de los autores sagrados, así como la interpretación que santos y doctores han hecho a lo largo de la historia. Si la meditamos con el corazón, damos espacio a Dios para escribir en nuestro interior. Lo que alimenta nuestra mente, corazón y alma define lo que llevamos dentro.

A través de la palabra, expresamos a Dios en oración nuestros más profundos anhelos, soñamos junto a Él sobre nuestra vida y la de los demás, y comenzamos a edificarlas desde el corazón. Damos gracias a Dios por el don de su Palabra, que obra en nosotros, pues a través de ella su Espíritu Santo nos renueva y transforma.

Cuidemos nuestro corazón, así como las palabras y acciones que de él brotan y en él penetran, para que seamos árboles que den frutos buenos y abundantes.

«El hombre bueno, del bien que atesora en su corazón, saca el bien;
el que es malo, de la maldad saca el mal. Si el árbol está sano por dentro, dará frutos buenos.»

*Ecl 27, 4-7; Sal 91; Co 15, 54-58; Lc 6, 39-45

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