La confianza es una virtud esencial para establecer relaciones humanas sólidas y para que la vida civilizada funcione correctamente, ya que se basa en la creencia de que las personas cumplirán sus promesas y compromisos. Sin embargo, no siempre cumplimos nuestra palabra ni los acuerdos, y ante Dios, los humanos siempre fallamos. Solo Él es digno de nuestra total confianza; solo Dios es siempre fiel.

Jesús nos invita a confiar en Él y en su plan de salvación, buscando una relación más profunda con Él a través de la oración, los sacramentos y, especialmente, viviendo una comunión de amor en la Eucaristía y en nuestra relación positiva con los demás, sobre todo con los necesitados. Su confianza nos permite purificarnos del pecado, liberarnos de los apegos materiales y de los placeres indebidos, y vivir según sus leyes de amor. Él da sentido de plenitud incluso a los actos más sencillos de nuestra vida.

Las Escrituras* nos enseñan que quien confía en Dios es como un árbol que permanece fuerte, sin importar las adversidades. “Bendito el hombre que confía en el Señor y pone en Él su confianza. Será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces junto a la corriente; no teme cuando llega el calor, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni deja de dar fruto”.

Confiar en Él nos permite encontrar paz y felicidad, incluso en medio de las dificultades de la vida. Jesús, en sus enseñanzas, nos muestra que quienes buscan a Dios con humildad hallan la verdadera felicidad y nos pide que tengamos cuidado de no permitir que los bienes materiales nos aparten de nuestra confianza en Él.

En las bienaventuranzas, Jesús nos enseña que muchas personas, en medio de la pobreza del espíritu, es decir, reconociendo su necesidad de Dios, al encontrarlo, se vuelven mucho más felices. Nos alerta, sin embargo, que, si depositamos nuestra confianza en los bienes perecederos, podemos apartar nuestra mirada y nuestra confianza de Dios, quedando vacíos cuando enfrentemos las realidades eternas. También nos anima a trabajar con ahínco por la justicia y la paz, buscar la pureza de corazón y enfrentar con valentía las persecuciones por defender los valores del Reino de Dios, pues nos promete la presencia de Dios y todos los bienes infinitos.

La certeza de la resurrección de Cristo es la mayor fuente de confianza, y alimenta la esperanza de que, unidos a Él, también nosotros resucitaremos. Solo Él tiene palabras de vida eterna. ¡Que María nos enseñe a confiar en el Señor y en su infinito amor! A poner nuestra fe y esperanza en Él en todas las circunstancias de la vida, y obtendremos sus promesas, que se manifiestan en esta vida y perduran por siempre.

*Jer 17, 5-8; Sal 1; Co 15, 12.16-20; Lc 6, 17.20-26

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