¡Muy feliz año! El papa Francisco nos ha invitado a vivir el Año Santo Jubilar centrados en la esperanza “que no defrauda”, fundamentada en nuestra fe y confianza en el amor de Dios Padre, en el seguimiento a su Hijo Jesucristo y abiertos a la gracia del Espíritu Santo. Dice San Pablo: “el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos” *.
La esperanza, virtud sobrenatural que Dios nos da infusa en el alma, requiere para su vitalidad en nuestra vida de receptividad a la acción de Dios en nosotros. La mayor esperanza es la vida eterna con Dios y se expresa desde el momento presente porque nos da una actitud frente a la vida en la cual, sin temores, nos atrevemos a soñar en grande, nos ponemos a la tarea de, apoyados en Dios y en sus enseñanzas, construir un mundo mejor, primero en nuestro interior, para luego proyectarnos en los ámbitos en los que se desarrolla nuestra vida.
Hay muchas propuestas de crecimiento y desarrollo personal que incluyen el optimismo, el pensamiento positivo, pero la diferencia es grande cuando se fundamentan en la esperanza; ésta va mucho más lejos porque nos pone en sintonía con la meta mayor, el cielo, y porque no sólo se basa en méritos personales, sino que se apoya en la confianza absoluta en la acción y bondad de Dios. La esperanza hace al ser humano más activo, más dinámico, porque el motor que le impulsa a la acción proviene del amor que Dios pone en su corazón. Se sostiene en la absoluta confianza de que para Dios nada es imposible y que, de la mano de Él, discerniendo todo con Él, vamos más seguros en la ruta del bien, la verdad y el amor.
La esperanza se dinamiza en la medida que nos relacionamos más con Dios, en que vivimos más en su presencia, en la que nos disponemos más a vivir de acuerdo con su voluntad, siguiendo sus leyes eternas, aprovechando su presencia en los sacramentos y en las personas a las que servimos. Con esperanza, no tememos los desafíos, problemas y dificultades porque Dios, incluso de las circunstancias más difíciles, saca muchos bienes que nos edifican.
La esperanza anima nuestro actuar para dar lo mejor de nosotros mismos, con los dones y talentos que Dios nos regaló para desarrollarnos, disfrutar del trabajo diario y servir mejor a los demás. Aprovechemos los dones que Dios nos ofrece en este nuevo año jubilar y las indulgencias para perdón de nuestros pecados.
Que sea un año muy especial, que, apoyados en la esperanza en el amor de Dios, trabajemos con entusiasmo y vivamos en la libertad y felicidad de los hijos de Dios.
*Ef 1, 17-19